más antiguas de la ciudad y en su centro, se alza el monumento conmemorativo a la batalla de Vitoria, en junio de 1.813, cuando el ejército napoleónico fue derrotado y a la que el propio Beethoven dedicó una de sus composiciones. Atravesamos un arco y entramos en otra plaza, la Nueva, o de España, o de los Arcos, o del Ayuntamiento, según los gustos; plaza porticada, que también lo fue del mercado de los jueves hasta mediados del s. XX, llena de niños que juegan y menos niños, que se sientan en las terrazas de los cafés. Saliendo por su arco sur, vamos a parar directamente a Dato, encanto de calle, de edificios armoniosos y acristalados, repleta de tiendas y cafeterías, paseo peatonal y lugar de encuentro de los vitorianos durante generaciones, al final de la cual se encuentra la estación del ferrocarril. Tomando la primera calle a la derecha, llegamos a la sede del Parlamento Vasco ubicada en lo que fue el Instituto de Enseñanza Media. Desde allí podemos ver la catedral de María Inmaculada, de grandioso estilo neogótico, levantada en el s. XX para reemplazar a la vieja catedral, algo difícil de conseguir porque, para muchos vitorianos, Santa María continúa siendo la única catedral. Alberga el Museo de Arte Sacro de la ciudad. Paseamos sin prisas por la Florida, espacio verde y parque botánico con especial encanto en cuyo centro se conserva el quiosco de la música, lugar de bailables, de amoríos y noviazgos, observados por cuatro estatuas de reyes godos, cuyos nombres todo el mundo ignora a pesar de estar inscritos en sus bases. Y enfilamos La Senda, al resguardo de los castaños de Indias que casi no permiten el paso de la luz del sol. A media altura, se alza el palacio Zulueta, oculto por la maleza durante años y que ha acogido, hasta su traslado al antiguo convento de las Carmelitas en Betoño, la Fundación Sancho el Sabio, un centro de documentación sobre la cultura vasca con fondos históricos desde el s. XVI hasta nuestros días. Continuamos, paseo que lleva el nombre de Francisco de Vitoria, afamado teólogo y pensador del siglo XVI, bordeado de palacetes, entre ellos, Ajuria-Enea, sede de la Presidencia del Gobierno Vasco y residencia del Lehendakari. Casi enfrente, vemos el palacio Augusti, en el que se ubica el Museo de Bellas Artes que alberga una interesante colección de pinturas y esculturas de artistas vascos. Atravesamos El Prado, antigua dehesa utilizada por los vitorianos desde el siglo XII, espacio natural con más de 350 árboles. Nos hemos alejado del centro, pero regresamos dando un rodeo por la ciudad- jardín y la zona de la Universidad para pasar por debajo de las vías del tren y adentrarnos por la calle de los Fueros. Nos lleva a la plaza del mismo nombre, obra del arquitecto Peña Ganchegui y del escultor Chillida, realizada con piedra de granito rosado y vocación lúdico-deportiva, puesto que cuenta con un frontón, un bolatoki y un carrejo para deporte rural vasco, así como un anfiteatro para presenciar actos culturales y deportivos. Un poco más arriba, nos encontramos con la calle Olaguibel que llega a Judimendi, dehesa y cementerio de los judíos hasta su expulsión en el año 1.492. La ciudad y sus judíos llegaron a un acuerdo por el que no se edificaría ni se labraría en el terreno que guardaba los restos de varias generaciones de vitorianos, cuyo único delito fue tener otras creencias. Vitoria- Gasteiz cumplió el acuerdo durante 500 años hasta subscribirse uno nuevo en 1.953 con la comunidad judía de Baiona. Un jardín plantado de olivos y una obra del artista israelí Yaël Artsi recuerdan su presencia entre nosotros. Acabamos nuestro recorrido y aún nos quedan por visitar los barrios nuevos de Lakua, Salburua, Zabalgana, Mendizorroza... Hasta hace no mucho, Vitoria-Gasteiz era una ciudad pequeña. Sin mar, grandes eventos o sanfermines, el viajero apenas se detenía. Hoy, es la capital de la Comunidad Autónoma Vasca, cuenta con 230.000 habitantes, su perímetro urbano se ha cuatriplicado y los viajeros ya no pasan de largo. |